Desde los agujeritos de las personas
Nunca se había imaginado diciendo eso de que
ya no soy esa chica.
Ni esas ganas,
o esa misma forma de amar.
De no saber si fueron ilusiones desgastadas
o alguna que otra pesadilla,
aflorando justo en la punta de los dedos,
las que llenaron sus manos de tinta.
De quedarse el tiempo que no tiene,
pero sí falta,
mirando amanecer por los agujeritos de las persianas.
Y que el corrector escribiese personas
cuando se lo contase a su amiga.
Y corregir lo corregido pidiendo perdón por ello
aunque en realidad no fuera del todo erróneo.
Ni su culpa.
De sustituir sus chicles preferidos por los más baratos,
justo igual que con sus miedos:
La luz ya no estaba encendida cuando despertaba.
A lo mejor por eso llevaba tiempo sintiendo
que nunca lo hacía del todo.
A lo peor por eso llevaba tiempo sintiendo
que nunca sentía del todo.
De no desactivar nunca las alarmas
y sonar en horas en punto
por tener puesta en ello la esperanza de levantarse,
no hablo de la cama.
De ser chica de costumbres.
De quedarse cada sábado mirando por la ventana de la cafetería
pensando que quizás ese fuese
su modo de existir.
Junto los suspiros de noches que murieron con olor a café por la mañana,
como había sentenciado en su blog.
De ser
sin orden. Ni guía. Ni parámetro. Ni fin.
De escribir igual.
(Aunque ya no tanto)
Nunca se había imaginado diciéndoselo
a esos ojos que la miraban de frente
desde su reflejo.
Porque no era la misma chica
"y ya le habían advertido
que se cambia,
pero no
que a veces
uno no sabe reconocerse."
Y se echa a sí misma terriblemente de menos
por echar de más a otros.

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